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1/23/2005

¡Quiero ser un Sex Pistol!

¡Rayos! Lo noto. Son las canas de la noche. Las que se apoderan de mi entre tinieblas noctámbulas. El sueño coge las riendas de mi mente, los cubatas se atascan en mi gola-ya no soy el que era- y las columnas y muros se adhieren a mi espalda. Es un silbido el que las atrae, un canto de sirenas totalmente inevitable. Una lágrima que deshace el hielo.
Me niego a hacerme mayor, aunque manadas de adolescentes zumben a mi lado, pavoneándose y mostrando su perfecta juventud. Preferiría renunciar a cosas irrenunciables, renunciar al amor y a la verdad, renunciar al respeto que te tengo.
He aquí los primeros síntomas de mi madurez ósea, de rigidez espiritual. Cambio noches libertinas por mañanas soleadas, salas de fiesta por paseos matutinos y aperitivo con buena conversación.
¿Qué será lo próximo? ¿Renunciar a mis principios? ¿Buscarte y fingir que estoy enamorado? ¿Tener una familia utópicamente feliz?
Malos tiempos para la lírica, cuando las canas empiezan a brotar, esas canas nocturnas que relucen en la oscuridad de la discoteca, descubriéndote y poniéndote en evidencia ante todo el mundo.
A veces pienso que quizás algún día se imponga la lógica en mi cerebro, y se acabe esta eterna partida de ajedrez con un adicto al jaque mate. De momento se que no quiero matar mi juventud ni arrancarme las canas desesperado. ¡Yo quiero ser un Sex Pistol!

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