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10/24/2005

JAIME GIL DE BIEDMA

Pandémica y Celeste

Imagínate ahora que tú y yo muy tarde ya en la noche hablemos hombre a hombre, finalmente. Imagínatelo, en una de esas noches memorables de rara comunión, con la botella medio vacía, los ceniceros sucios, y después de agotado el tema de la vida. Que te voy a enseñar un corazón, un corazón infiel, desnudo de cintura para abajo, hipócrita lector -mon semblable,-mon frère! Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo quien me tira del cuerpo a otros cuerpos a ser posiblemente jóvenes: yo persIgo también el dulce amor, el tierno amor para dormir al lado y que alegre mi cama al despertarse, cercano como un pájaro. ¡Si yo no puedo desnudarme nunca, si jamás he podido entrar en unos brazos sin sentir -aunque sea nada más que un momento- igual deslumbramiento que a los veinte años ! Para saber de amor, para aprenderle, haber estado solo es necesario. Y es necesario en cuatrocientas noches -con cuatrocientos cuerpos diferentes- haber hecho el amor. Que sus misterios, como dijo el poeta, son del alma, pero un cuerpo es el libro en que se leen. Y por eso me alegro de haberme revolcado sobre la arena gruesa, los dos medio vestidos, mientras buscaba ese tendón del hombro. Me conmueve el recuerdo de tantas ocasiones... Aquella carretera de montaña y los bien empleados abrazos furtivos y el instante indefenso, de pie, tras el frenazo, pegados a la tapia, cegados por las luces. O aquel atardecer cerca del río desnudos y riéndonos, de yedra coronados. O aquel portal en Roma -en vía del Balbuino. Y recuerdos de caras y ciudades apenas conocidas, de cuerpos entrevistos, de escaleras sin luz, de camarotes, de bares, de pasajes desiertos, de prostíbulos, y de infinitas casetas de baños, de fosos de un castillo. Recuerdos de vosotras, sobre todo, oh noches en hoteles de una noche, definitivas noches en pensiones sórdidas, en cuartos recién fríos, noches que devolvéis a vuestros huéspedes un olvidado sabor a sí mismos! La historia en cuerpo y alma, como una imagen rota, de la langueur goûtée à ce mal d'être deux. Sin despreciar -alegres como fiesta entre semana- las experiencias de promiscuidad. Aunque sepa que nada me valdrían trabajos de amor disperso si no existiese el verdadero amor. Mi amor, íntegra imagen de mi vida, sol de las noches mismas que le robo. Su juventud, la mía, -música de mi fondo- sonríe aún en la imprecisa gracia de cada cuerpo joven, en cada encuentro anónimo, iluminándolo. Dándole un alma. Y no hay muslos hermosos que no me hagan pensar en sus hermosos muslos cuando nos conocimos, antes de ir a la cama. Ni pasión de una noche de dormida que pueda compararla con la pasión que da el conocimiento, los años de experiencia de nuestro amor. Porque en amor también es importante el tiempo, y dulce, de algún modo, verificar con mano melancólica su perceptible paso por un cuerpo -mientras que basta un gesto familiar en los labios, o la ligera palpitación de un miembro, para hacerme sentir la maravilla de aquella gracia antigua, fugaz como un reflejo. Sobre su piel borrosa, cuando pasen más años y al final estemos, quiero aplastar los labios invocando la imagen de su cuerpo y de todos los cuerpos que una vez amé aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo. Para pedir la fuerza de poder vivir sin belleza, sin fuerza y sin deseo, mientras seguimos juntos hasta morir en paz, los dos, como dicen que mueren los que han amado mucho.

10/16/2005

Rigor Mortis

La pitonisa le auguró una muerte rápida y plácida y cuando Amaro se encontró con ella no pudo menos que darle la mano y preguntarle por su familia.
- Estás muy demacrada –espetó Amaro contrariado- Los años no pasan en balde para nadie
La muerte se miró a Amaro de arriba abajo y guadaña en ristre no pudo menos que carcajear ante tal falta de respeto. Entonces, cambiando de tema radicalmente, le dijo que tenía un contrato vitalicio con la pitonisa. Lo que ya no concretó es que tipo de comisión recibía por cliente.

Sigue Buscando

Me cansé de pintar amaneceres contemplando tu rostro de facciones imposibles, de desatar tormentas en las cuencas de tus ojos, de escribir cartas con el pulso tembloroso, de buscarte a las cuatro de la mañana en los bares, de convertir la poesía en verbo, de las resacas que deja la marea, del cierzo que desprende tu gélida mirada, de que no cicatricen las heridas del alma y de mil y una cosas mal.
Me cansé de nublar atardeceres alimentando nuestros insaciables egos, de lamer heridas, de escribir cartas de amor en tu torso desnudo, de la lluvia de estrellas encima nuestro, de rezarte en las iglesias y olvidarte en las botellas, de la indiferencia del tus labios, de la parsimonia de tus manos, de subirme a los terrados para aullarle al mundo mi desencanto, del engaño al cual me sometes con tu indiferencia, y de un número múltiple de doscientos de cosas más.
Me cansé de reinventar noches, una a una, de esculpirme en tu mente, de los vendavales calamitosos de tu alma, de la necedad de esta sinrazón equilibrada, de fotografiar este profético naufragio, del vacío de la presencia-ausencia que dejas en mi cama, de mirarme en tus ojos y reflejarme en tus pies, de la esclavitud de los horarios, de verte reflejada en la bañera, del tufillo que desprende la rutina, de pensarte, buscarte y no encontrarte entre despojos, de zurcir nuestros corazones, de llorarte mil mares y de cientos de miles de millones de cosas mal.
¿Porque me dices que en esta tómbola siempre toca, si solo queda una papeleta y el vendedor no me transmite buenas vibraciones? ¿Qué debo hacer si la abro y solo encuentro un sigue buscando?.

12 de Junio

también lo has visto, ¿verdad?
Nerea asintió con la cabeza en un gesto tan delicado como condescendiente. Sus ojos se encontraron con dulzura y sus labios sellaron un pacto de silencio que hoy en día, después de veinte años, aún continúa vigente.
Esa noche se amaron, y no fue un amor como otros amores, de los que se cobijan en el desconsuelo y en la amargura. Allí arriba, donde habitan las orquídeas, fueron cómplices de un deseo nuevo que se repetiría durante mucho tiempo, madrugada tras madrugada, hasta que, como un ladrón de sueños, les sorprendería el alba.
Ander era un chico listo, o al menos eso le decía su madre, no había estudiado más que el graduado escolar, pero era un chico listo. Su espigada figura y su nariz puntiaguda, amén de la graciosa perilla pelirroja que lucía, le daban un aspecto desaliñado pero tierno. Su padre Tirso, trabajador incansable, murió cinco años atrás en un desprendimiento producido por causas naturales en las minas de Zarautz, motivo por el cual su incansable madre había tenido que sacar adelante a tres retoños enquistados en una eterna adolescencia.
Nerea tenía 25 años y un encanto natural. Sus ojos color miel destilaban dulzura y sus pausas antes de realizar cualquier comentario causaban algo de impaciencia en Ander. Ander trabajaba en una granja y repartía la mercancía a domicilio, únicamente con la ayuda de su vieja bicicleta Orbea, compañera de desdichas y de alguna que otra alegría.
Así que la culpa del amor de Ander y Nerea lo tienen una docena de huevos de gallina, la vieja Orbea, y una oportuna intervención del azar. Porque hay personas a las que el destino las une y hay otras que prefieren provocarlo. Nerea y Ander son el destino personificado.
En el Monte de Santa Tecla todas las noches se producía el milagro de la resurrección del amor, pero nunca más volvieron a ver lo que vieron la noche del 12 de junio, la historia jamás contada hasta hoy, día en que la locura se ha desatado en el corazón de Ander.
Ander madrugó aquella mañana, la del 12 de junio, tenía que llevar a su madre al médico, ya que hacía tiempo que las malditas migrañas no le dejaban dormir, y se habían convertido en un ocupa de su cabecita. La vieja Orbea chirriaba protestando por su injusta misión, las bicicletas también se tornan cascarrabias con el paso de los años,- pensó Ander esbozando una sonrisa- Finalmente llegaron al dispensario, ubicado en las afueras del pueblo y aparcaron la bicicleta amarrándola a un arbolito.
El doctor Garitano era un hombre de mediana edad, facciones agradables, y carácter dócil. Ander lo comparaba con uno de esos perros pequeñitos y gruñones que se cobijan en las faldas de la dueña después de ladrar. El doctor Garitano fumaba con boquilla, se reencontró con el vicio el día que halló en la mesita de noche una nota de su mujer diciendo que se largaba por aburrimiento. Desde aquel día en su corazón habitaba el cartel de cerrado por derribo.
Las migrañas nunca desaparecieron, pese a las mil y una recetas que ordenó el Doctor Garitano para acabar con ellas. La desgracia disfrazada de tumor cerebral se llevaría a la señora madre de Ander dos años y cinco meses después. Posiblemente los tiempos de penurias pasaron tremenda factura en su salubridad, Ander creía fehacientemente que su padre se la había llevado con el, a algún lugar mejor donde todas las noches compartirían cena con velitas para dos.
Ander trabajaba duro, de sol a sol, lo que exigieran las circunstancias, ya que como el mismo reconocía, no se podía tener a la clientela insatisfecha en los días que corrían. Los dueños de la granja eran un matrimonio, ya mayor, oriundo de Buenos Aires, que huyeron de la guerra y de la miseria escondidos en un buque de carga una fría madrugada de enero del cincuenta y seis. Eran buena gente, solía decir Ander a Nerea, mientras ella asentía. Nerea siempre asentía.
Ander dejó para el final el encargo más pesado. La señora Pascual siempre pedía víveres en cantidades industriales, como si adivinará el estallido de una guerra de forma inminente. Ella alegaba que mujer precavida valía por dos, a lo cual Ander respondía satisfactoriamente, ofreciéndola la mejor de sus sonrisas. La señora Pascual vivía en un tercero del barrio más humilde de Donostia, y ello exigía un desplazamiento largo y duro. Al llegar la señora Pascual siempre ofrecía a Ander un vaso de leche y un trozo de pastel delicioso, elaborado por ella. Siempre se lo recordaba, y la verdad es que a Ander no le sabía mal que lo hiciese, sabía reconocer cuando alguien estaba orgulloso de una buena faena. Y la señora Pascual lo estaba.
Cuando Ander partió ya empezaba a anochecer y encendió la tenue luz de su Orbea, mientas despacito emprendía el camino de vuelta a la aldea. En su cabeza la imagen de Nerea aparecería pronto, y el saber que ella le estaba esperando allí, en la cima del Monte de Santa Tecla le haría sacar fuerzas de flaqueza. Hoy, 12 de junio, cumpleaños de Nerea y aniversario de la muerte de su padre. El destino en ocasiones es demasiado cruel, pensó mientras empezaba a pedalear a más celeridad.
Al llegar a la cima Nerea ya estaba allí esperándole. Extrajo un pañuelo para secarle el sudor y le dio un beso que sonó como un trueno en el desierto. A Ander le fascinaba el sabor del néctar que emanaba de su boca, cerraba sus ojos y era capaz de pasarse allí minutos y minutos, buceando entre su carne y devorando su saliva libidinosamente. Cuando acabó el protocolo cotidiano se dirigieron al rinconcito habilitado para su regocijo, donde renombraban estrellas e reinventaban constelaciones a la espera de que el milagro del amor se reencarnara entre sus pechos.
¿Quién puede reinventar el amor cada noche, resucitar estrellas, olvidar al olvido, disimular los dolores y enterrar los pesares? Ander y Nerea, Nerea y Ander.
Tú también lo has visto, ¿verdad?
Nerea asintió con la cabeza en un gesto tan delicado como condescendiente. Sus ojos se encontraron con dulzura y sus labios sellaron un pacto de silencio que hoy en día, después de veinte años, se ha roto como un jarrón de bohemia.
Ander esta en el Monte de Santa Tecla, sentado veinte años después pero Nerea ya no está allí, esperándola con su pañuelo rosa de seda y su boca empapada de deseo.

“Y ese que era nuestro secreto, lo que vimos un doce de junio y pactamos con un beso que nunca debía revelarse, ahora tu lo has traicionado dejándome a la deriva. Nerea, lo has hecho y ahora estás muerta. Tirso y mamá se te han llevado
Ahora eres una estrella más, estás entre Tirso y mamá. Yo pronto seré la estrella que os ilumine a todos. Ahora que tildan mi deseo de locura, que embrutecen mis palabras y difaman mis acciones, todos sabrán la verdad de lo que vimos el doce de junio de 1977. Quizás sea ya demasiado tarde para todo, quizás, mas no existe valentía más sufrida que la de romper el silencio con una gran bocanada de libertad. Eso es lo que has hecho Nerea y eso es lo que voy a hacer yo, jugármela a doble o nada Tengo la cámara preparada y cinta para rato. Aquí, esperando a que aparezcas de una vez, maldito Demonio de la noche y sellemos un nuevo pacto. De momento tengo tabaco y provisiones para rato. No hay prisa Belcebú, después de veinte años ya no la hay”