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11/22/2008

SERVICIO 24H.



No encontrabas el ticket de ninguna de las maneras. Buscaste y rebuscaste en todos los bolsillos de la chaqueta, hasta ponerlos del revés, pero siguió sin aparecer. Siempre te pasaba lo mismo con todo lo que te importaba en la vida, intentabas protegerlo demasiado, hasta que al final te olvidabas de que la sobreprotección es totalmente incompatible con volar libre.

Estabas en P-4, color amarillo chillón, lejos, muy lejos de la sala de control del aparcamiento. La distancia era grande y la pereza más aún, así que por un efímero momento cruzó tu mente un pensamiento furtivo. Te pegarías al coche de delante y saldrías tras él, fraudulentamente. Si, -auto convencido- un poco de adrenalina no te vendría mal, una pincelada de color para combatir una insípida existencia.

Tu chica ya no estaba pero el intenso olor a Channel nº4 permanecía intacto en el viejo Masserati de asientos tapizados de cuero. No lo habías lavado desde que ella se marchó a hacer las Americas con su voraz instructor de yoga hindú, diez años más joven y aún con las carnes tersas y el ánimo despejado. El fue quién la convenció de que lo ideal para restablecer su resentido karma era emprender un viaje lejos de todas las influencias negativas que le afectaban, ensanchando su alma con nuevos influjos, un viaje místico que despistara los malos espíritus. Y, por supuesto, tutelado por su compañía.

Te encendiste un cigarro y lo apuraste hasta que prácticamente te quemaste las yemas de los dedos, inhalando profundamente calada tras calada. Pensando en ella se mezcló el humo con las lágrimas y aprendiste por una décima de segundo que la vida está hecha de trozos de cristales rotos, de partidas de ajedrez con miles de finales. Y que tú eras aún fiel adicto al jaque mate.

En el reproductor sonaba “A veces se me olvida” de Quique, y miles de fotografías en blanco y negro invadieron tu entelequia a modo de intenso flagelo. Recordaste los atardeceres en la playa cuando el sol se incendiaba tras las montañas, y ese intenso olor a salitre que tanto os gustaba saborear mientras las olas rompían a vuestros píes. También el mundo giraba por ti entonces. Como habían cambiado las cosas en apenas un año. Ahora era él quien te pisoteaba, impiedoso y asfixiante.

El motor se encendió a regañadientes y lánguidamente fuiste subiendo las plantas del subterráneo, sin poder quitarte su imagen de la cabeza. P-2 fue particularmente cruel contigo, y aquella primavera todavía recuerda vuestros apasionados besos escondidos entre los coches, resguardados al calorcito de las plazas 256-258. Abriste la guantera para buscar otro paquete de tabaco y allí estaba el ticket, entre los cd’s de Chaouen y Sabina dormitaba abrigado por los genios.

De repente ya no te pareció tan buena idea escaparse sin pagar y sufriste un receso de culpabilidad que fue definitivo. Detuviste el coche en el cebreado habilitado al lado de los cajeros automáticos y te dispusiste a abonar la estancia como todo hijo de vecino. Al introducir el ticket en el validador apareció el siguiente mensaje “Error de lectura, diríjase a la sala de control”. Contrariado recogiste el ticket, y con mala gana llamaste al interfono para que te orientaran. Una sensual voz respondió al otro lado guiándote amablemente hacia donde le podrían solventar “esta pequeña contrariedad”.

Cuando llegaste a la sala de control te esperaban unos intensos ojos negros de uniforme que pusieron tu Terminal “fuera de servicio”, y aunque el aparcamiento no aceptara llaves ella no tardó en hacerse dueña y señora de las de tu casa.

Y mientras os besábais clandestinamente entre las bambalinas que protegían los cuadros eléctricos, en la vidriera permanecía impertérrito un cartel que rezaba: “Servicio 24 horas. “.