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5/26/2007

Seres deleznables


Los odio. Lo siento pero los odio. Son alimañans de la noche, se engominan, se acicalan con perfumes baratos y se disfrazan con camisetitas talladitas y maneras de sedutor venido a menos, modelo Arturo Fernández. Los observo y me río de su patética existencia, de sus endémicas armas propias de eúnucos cerebrales victimas de la educación general básica española. Van armados con móviles de última generación y beben siempre todo mezclado con red bull, que se les pega al cerebro como las garrapatas a los perros vagabundos que no tienen donde caerse muertos, pero que, obviamente, atesoran más clase que los eúnucos. Cuando les miro, y les veo desplegar sus alas de buitre leonado de la estepa siento asco, se me revuelven las tripas ante tal demostración de degeneración del género humano. Me jacto, me río en su jeta y despiertan en mi mis instintos más ponzoñosos, los quiero desmenuzar con mi fina ironia, despellejar lentamente con mi sarcasmo infinito, que está a años luz de sus deleznables comentarios típicos de comadrejas. Parece que les hayan practicado una reducción de cerebro, pero a lo bestia, sin anestesia ni calmante. De todos ellos a los que más odio son a los que se ponen el cigarrillo en la oreja, merecen ser golpeados con los dos vólumenes de el Quijote al unisono, hasta que el cigarro forme parte indisoluble de su oreja sangrante. En el metro van en manada y vomitan comentarios insipidos y vulgares constantemente, entonces dejo volar mi imaginación y mi mente lúcida pero con detalles de inminente perturbación los traslada a ostias a la época de los grilletes y las cámaras de gas. Es como si los estuviera viendo, pobrecitos, agonizando ante la salida inexorable del gas a borbotones, mientras de fondo suena a volumen brutal la pseudomierda musical que escuchan los deleznables, operación triunfo, bisbal, el enano alejandrito, el jodido regueton de mierda y demás lindezas. Es entonces cuando el red bull les empieza a rebosar por las orejas y el cigarro sale despedido violentamente a veinte metros. Lamentablemente cuando se están retorciendo y sus existencias están llegando a un irreversible fin siempre llegamos a la parada de metro donde se bajan en rebaño tan graciosillos ellos.
Es por todo lo explicado que hoy no puedo evitar vomitar rabia antes estos personajillos que nos rodean cuando el sol se oculta, quizás sea injustificadamente violento, pero sinceramente me la trae al pairo, porque los odio.... LO SIENTO PERO LOS ODIO