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1/18/2009

Cuando siento frío


Cuando siento frío
Y me refugio en el hueco que cobija mis entrañas
Donde se agolpan bruscos los pensamientos
Penurias y lamentos que bucean
Que campando a sus anchas se regodean
Mientras roen los recovecos del alma

De un ancestral rito soy preso y cautivo
Facciones volátiles, etéreas como el rocío
Me persiguen en las noches desoladas
De reencuentros ficticios, de sustancias prohibidas
Tenues y pérfidas me embelesan con patrañas
Ofreciéndome placeres inmediatos e ilusos

Cuando siento frío
Y me abrazo a las imágenes quebradas
A las fotografías rotas, resquebrajadas
A los abrazos partidos y a la huella de un beso
Tembloroso, acurrucado en una esquina
Con los ojos cerrados y los puños apretados

Cuando siento frío
Y el alba se ha distraído en la madrugada
Y el gallo está flirteando con las sabanas
Y los lobos aúllan en letanía inacabada

Cuando siento frío
Y solo tu cobarde ausencia, perversa me engalana




1/11/2009

Vacuo


Hoy he vuelto a soñar con ella otra vez.

Siempre se repite el mismo sueño. La misma librería, el mismo dependiente huraño, la señora que ojea los libros de cocina rápida, el estirado abogado en la sección de economía y las dos marujas que cotorrean esperpénticamente mientras gorrean sin rubor todas y cada una de las revistas del corazón.

Me llamó Tomás Carretero y ojeo el último best seller de Eduardo Mendoza, somera pero ávidamente recorro los párrafos a la espera de conseguir el milagro de convertirme en personaje de novela. De repente choco con una espalda familiar, con un perfume conocido, con un tacto trémolo. El libro cae de mis manos reafirmando mi torpeza y el sudor frío recorre mi cuello y se instala en mis axilas, provocando un tremebundo hedor ya olvidado.

Me giro lentamente mientras las gafas de pasta resbalan para instalarse definitivamente en la punta de mi nariz, provocando una imagen irrisoria, casi ridícula.
Luces un gorrito de lana colorado y cierta miopía acrecentada en los últimos años. Abrigo largo de cuero negro y jersey de cuello alto que estiliza tu figura. Unos tejanos gastados y botas altas y acabadas en punta redondean tu imagen fashion.

Siento que tu mirada se instala en la habitación de mi retina y se queda a dormir la siesta, eterna siesta. Ojos negros como puñales hieren otra vez mi maltrecha alma, con saña, alevosía, y casi nocturnidad.

“Eres tan jodidamente guapa cuando te miro de cerca”, exclamo sorprendido y espontáneo. Mi voz estremecida y balbuceante brota en forma de hilo casi imperceptible. Pero tu ya me entiendes, siempre me entendiste, hasta que me hiciste sentir culpable y doblaste mi corazón olvidándolo en el fondo del bolsillo de tu chaqueta.

Es entonces cuando toda mi vida junto a ti pasa en un relámpago y nos fundimos en un abrazo tan fuerte que noto como mis huesos crujen de alegría. Han pasado diez años y un remanso de pan me inunda y el tiempo se paraliza alrededor. Ya no escucho el cotorreo de las marujas y el antipático dependiente amargado desaparece de mi vista.

No hace falta decir mucho, solo lo imprescindible. Después tormenta de besos y espectáculo de fuegos artificiales en el cielo. Pasan horas que son minutos y mi estomago se vuelve montaña rusa sin principio ni final.

Y es así como todo vuelve a nacer una tarde de febrero lluviosa, cuando resurge la esperanza anquilosada en el baúl de los trastos viejos.



RING RING RING RING RING

Por eso cuando el maldito despertador me devuelve a la más cruda de las realidades el vacío empapa mis rincones, todos y cada uno de ellos, hasta inundarlos de desazón. Lo tuve tan cerca y lo perdí otra vez……….por tu culpa, maldito despertador, por tu culpa.

Te odio. Te odio casi tanto como a ella.

1/04/2009

Sobrevolando el Amor


¿Qué pasa con el amor cuando nos enamoramos?

Es vital tener en cuenta que nos encontramos ante un concepto abstracto, etéreo, incorpóreo. Demasiado complicado de definir, ¿no creen? Porqué, ¿a qué renunciamos o a qué debemos renunciar cuando caemos presos de este sentimiento? Se supone que una vez pasados los meses del denominado “enchochamiento”, los cuales no se deben tener en cuenta a la hora de realizar valoración alguna ya que son totalmente ilusorios (en una segunda parte se tratará si el amor ilusorio es el más gratificante de los amores) el amor pasa por una etapa de consolidación, donde es importante que las cosas se dejen claras para no tener sorpresas desagradables en un futuro.

Cuando digo “dejar las cosas claras” me refiero a marcar una línea divisoria que se encuentre entre la “confianza” y el “respeto”. Es importante, básico diría, que encontrar a una persona de la cual nos “enamoramos” suponga una aportación positiva a nuestras vida, algo que sume, que nos beneficie de una forma añadida, y que no “ensucie” ninguna de las facetas vitales que nos reconfortan, y que forman parte sin equanum de nuestra existencia, de aquello que nos hace feliz y nos ayuda a encontrar un equilibrio.

Es importante también dejar claro los límites de la confianza, que esto no suponga una pérdida de respeto, aunque sea en grado mínimo. No ceder en un principio a “chantajes emocionales” o a coacciones que coarten nuestro modus vivendi es una buena base para conseguir llevar una relación a buen término. Al menos las posibilidades de que eso suceda aumentan considerablemente.

Pero, ¿porqué enamorarse supone en multitud de ocasiones cegarse o distorsionar la realidad palmariamente? Para mi la respuesta es diáfana y absurda a la par. El miedo a estar solos nos aturde, nos lleva a la equivocación, a caer en los mismos errores una y otra vez, sin que, en muchas ocasiones, la experiencia acumulada sirva para resarcirse en relaciones venideras. No está socialmente bien visto llegar a una determinada edad sin pareja, existen presiones familiares, incluso sexuales, etc…. que si careces de la suficiente personalidad pueden inducir a graves errores, a veces definitivos.

Todo esto hace que me plantee también diversas preguntas. ¿Hasta donde estamos dispuestos a aguantar por “amor”?, y es más ¿qué queda del verdadero “amor” cuando se dan este tipo de situaciones? Nos auto engañamos diciendo que esto no es más que una crisis pasajera, que queremos a esa persona como jamás hemos querido a nadie, que todo pasará y volverá a imperar la razón y la calma. Pero esto no es así, lo sabemos, aunque lo queremos ignorar ello está latente. Las personas y su carácter inherente no cambian, por mucho que dejemos pasar el tiempo esperando un milagro. Los cuentos de princesas pasaron a mejor vida, y esto, señores, es la cruda realidad. Mastíquenla bien, no se les atragante.

Continuará….