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3/18/2008

FABULA DEL CAZADOR CAZADO


Andaba Matusalén leyendo a Pessoa ávidamente cuando el repiqueteo de la puerta perturbó tan idílico momento.

- Toc toc toc…..toc- ¿Quién molesta? No deseo más infusiones, madre. Además se fehacientemente que diluís la droga mezclando las hierbas para confundirme.

- No soy tu madre idiota. Soy yo otra vez

- Oh perdón! No la había reconocido y la confundí con mi infecta madre. Que voz más ronca y desgastada que tiene, esos carajillos de orujo van a acabar con usted. Puede pasar, pero deje la guadaña apoyada en el bargueño, que no sabe como intimida usted arma en mano

La puerta se entreabrió y la señora muerte, ojerosa y sensiblemente mosqueada, penetró en el habitáculo plantándose amenazante delante del enfermo. Éste entonces, viendo el cariz que tomaban los acontecimientos, se incorporó rápidamente, se desposeyó de sus lentes y frunciendo el entrecejo le ofreció la mejor de sus sonrisas.

- Bueno, ¿y a qué se debe el honor de esta visita tan repentina e inesperada? – preguntó sarcástico pero atemorizado Matusalén-

- Bien lo sabes, carcamal –respondió la muerte visiblemente alterada- Es la cuarta vez que te visito este año, y en esta ocasión va a ser la definitiva. Vengo decidida a llevarte conmigo sin remisión ni demora

Dignamente la señora se bajó la capucha y su pálida tez iluminó el chiribitil. El sudor le caía a mares por la frente –pues son sobradamente conocidos los ardorosos agostos de Palacios del Sil por las escabechinas que provocan entre los ancianos y la gente de mal vivir- y se lo secó con un pañuelo de seda que le había birlado a Maria Antonieta antes de repatriarla para el otro mundo. Lentamente se sentó a los píes de la cama del paciente y le miró fijamente con sus gélidas pupilas inertes.

- Es la cuarta vez que te visito este año. ¡Nunca nadie se me había resistido tanto! – protestó contrariada la muerte-- Si, lo sé, mas bien sabe que nunca ha tenido motivos de peso para llevárseme con usted – argumentó pensativo Matusalén mientras se rascaba la tupida barba blanca - Si acaso algún constipado mal curado y poco más se debe mencionar….

- Ja ja ja. –carcajeó la triste dama castañeando los dientes y sosteniéndoselos con la zarpa-. ¿Motivos de peso me pides?. – y sacando un bloc de notas de entre sus andrajos comenzó a leer- En febrero agarraste una tuberculosis que te dejo tísico y deforme, mas me dio tremenda pena tu aspecto y aunque mala de remate imperan en mi determinados valores morales que me impiden actuar arbitrariamente. Decidí por eso aplazar tu muerte para otro momento menos prosaico. Mas en abril contrajiste sífilis por las mujeres de moral algo distraída y de dudosa catadura que frecuentas. Fueron tus argumentos lo único que impidieron entonces que te arrancara la vida. “Que manera más patética e indigna de abandonar este mundo” dijiste, y una, que aunque muerta tiene su corazoncito, decidió darte otra oportunidad. Y por último fue en vísperas de Cuaresma, cuando ebrio como una cuba, se te vio toreando carromatos a intempestivas horas de la madrugada, acabando tus huesos en el duro adoquinado debido a la embestida de un caballo enfurecido por tu osadía pueril. Ya ves, fue entonces el destino el que se alió de tu parte. Eso y que me encontraba en la Guerra de Secesión poniéndome las botas con los que palmaban con las botas puestas -riéndose ante tal sutil ocurrencia-. Pero ahora ya no hay excusa posible, estás viejo y arrugado como una pasa, tu color de piel es parecido al ricino y tus decrépitos huesos crujen como astillas en las brasas. ¡Estas cirrótico y apestas a absenta rancia! Nada puede salvarte esta vez del juicio sumadísimo. - Ya –respondió Matusalén- visiblemente afectado por la retahíla de improperios que había tenido que soportar estoicamente

- Tienes tanta razón en juzgarme por los actos impúdicos que he cometido. Pero seguro que tu tampoco fuiste un ejemplo para la humanidad en vida...

Fue entonces cuando Matusalén extrajo la petaca adquirida en los suburbios de Moscou de debajo de la almohada, acercándola a sus labios cangrenados por la ausencia de defensas en su organismo. Acto seguido le ofreció el néctar a la Doña, que lo rehusó de inmediato.

- Nunca bebo cuando estoy trabajando -espetó ofendida nuestra macabra protagonista- Pero cuando acabe contigo habré finiquitado la jornada por hoy y podré saciar mi sed y mis ansias de lujuria, que una, aunque muerta también tiene afinada la lívido. Además estamos en verano y sólo trabajo de ocho a tres. Los tiempos han cambiado hasta para estos menesteres tan desagradables.

- Tienes razón. No soy digno de seguir viviendo, llévame contigo pues –masculló Matusalén resignado-

La muerte le agarró del brazo y acto seguido Matusalén notó como la vida se le escapaba por momentos. Ella se la estaba robando lentamente cuando una fuerte punzada se instaló en su plexo solar. En las pupilas de la dama vio las primeras travesuras de su infancia, el primer y mágico beso que emana de la flor de la adolescencia y así todos y cada uno de los actos más significativos de su existencia. Luego sobrevino el rigor mortis y acto seguido el vacío absoluto.La muerte, satisfecha del trabajo bien hecho, agarró con su zarpa derecha la petaca de platino y la acercó lentamente a su huesuda boca.

En el funeral la mamá de Matusalén llora ante el cadáver de su hijo, desolada por el dolor que solo se puede sentir con la muerte de alguien que ha germinado en tu interior.

Cuando el cura arroja la última paletada de tierra emprende pausadamente el camino a casa bajo una tenue lluvia, y comienza a reflexionar. Recuerda que su hijo esperaba visita el fatídico día, “una vieja amistad” le dijo sonriendo sarcástico.

Lo que nunca se pudo explicar es porque apareció esa petaca rellena de salfumán encima de una montaña de huesos y polvo. Eso y lo que Matusalén pidió que escribieran en su epitafio: “MUERO MATANDO”.

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