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3/04/2007

La zanahoria del burro



El despertador cumplió su función y súbitamente note que mis músculos respondían como nunca antes lo habían hecho a las siete de la mañana. Mis ojos despoblados de legañas y mi lengua carente de esa sensación desagradable parecida a comerse una alfombra a pedacitos me hicieron dudar de que realmente fuera esa hora. Me levanté como un resorte y lúcido como estaba me di una ducha fría, no con la finalidad de desentumecer sino con la de reconfortar y regocijar el alma. No entraba nada de frío por el ventanal ni el vaho se había acumulado en el habitáculo, y recordando lo fastidioso de peinarse con el espejo empañado sonreí encantado. Ipso facto me vestí con ímpetu y admiré lo bien que le quedaba a mi talladito cuerpecito esos pantalones de lino planchados a conciencia, para posteriormente zambullirme en la que hasta aquel día había sido una cruenta lucha con mi cabellera, repleta de remolinos y más enmarañada que la Ronda de Dalt en los días de partido. El cepillo atravesó nítidamente por el pelo y las puntas antaño abiertas parecían renacer con la firmeza y el resplandor del Ave Fénix.
La cafetera me advirtió que el tiempo de vanagloriarse había terminado y me dispuse a saborear el néctar descubriendo que por un día su temperatura era la adecuada para no dejar estigmas en mi garganta ni martirizar mis labios.
En la calle la climatología era la perfecta y una brisa reconfortante me produjo un escalofrío similar al que se produce en el momento del orgasmo, cuando los dos cuerpos se estremecen a la par tensándose los músculos jadeantes. El coche arrancó a la primera y la puerta del garaje no se hizo de rogar como era norma habitual, amén del dichoso mando a distancia adquirido en la tienda oriental de la esquina colindante a mi casa. Los semáforos en verde y los conductores permisivos y obedientes al código de circulación me trasladaban a un mundo irreal y onírico, donde los peatones cruzaban por los pasos de cebra y las motocicletas no serpenteaban entre los vehículos como los borrachos a las cinco de la mañana. La autopista, sorprendentemente sin las habituales retenciones, me condujo a mi lugar de trabajo sin tener que utilizar las marchas cortas, mientras que la aguja del depósito de la gasolina se mantenía erecta señalando el punto más álgido de la rueda circuncidante
Ya en la empresa saludé a todo el mundo con gran efusividad y no con la desgana que en mi era habitual, dirigiéndome a la oficina sin arrastrar los píes por el pavimento ni con los ojos más pegados que un carterista cuando se arrima a su víctima en la hora punta del metro. A su llegada el jefe me saludó con un “buenos días” sincero y me preguntó complacido por el fin de semana. No dando crédito lo que estaban viendo mis ojos me pellizqué y note que mi piel no sufría las afrentas físicas, golpeando entonces con insistencia mi cabeza contra la pared mas próxima, comprobando impertérrito que no brotaba sangre ni emergía chichón alguno.
Pasaron las horas de manera placentera, y hasta el menú del día del restaurante colindante que habitualmente me parecía nefasto me supo a manjar de Dioses. La jornada laboral, liviana y dócil, pronto llego a su fin.
Cuando llegué a casa tú estabas esperándome y me recibiste con un cálido beso que me estremeció de la cabeza a los pies. Sólo entonces supe en que medida mi felicidad depende de un beso, en igual proporción que el burro depende de la zanahoria que nunca logra alcanzar.
Y es que todo es un simulacro, formas de pasar el rato.

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