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6/25/2011

Silvio (1ª parte)


La noche siempre rompe –pensó aletargado Silvio- y dio una vuelta más, la enésima de aquella noche, que hizo que los muelles del viejo jergón se quejaran ya cansados de tanto ajetreo.

Silvio pensaba continuamente en su madre, en las mañanas en las que le llevaba al mercado de la plaza adyacente donde entonces vivían para realizar la compra semanal. Recuerda el itinerario que hacían como si fuera ayer, aunque ya habían pasado siete años desde la última vez que su mama le llevó al mercado. Siete años desde que comió por última vez aquellos caramelos de chocolate con forma de paraguas que le volvían tan loco.

Ahora Silvio acababa de cumplir los 12 años en aquel centro de acogida, frío y deshumanizado como una novia que abandona a su prometido en el umbral del altar. Carecía de amigos que se jugasen la boca por él y había perdido todo atisbo de fe e ilusión en la existencia.

Silvio observó a los demás niños que dormían plácidamente en sus camas, mientras el rocío se dejaba ver al otro lado del ventanal. En Lugo los inviernos eran crudos, tan crudos que a veces Silvio notaba como perdía la sensibilidad en los dedos de los pies, tornándose de un color entre rojizo y morado. Entonces, asutado, corría y corría hasta que volvía a sentirlos otra vez, corría tan lejos como podía, tan lejos como sus piececitos le permitían hacerlo. Porque Silvio, a pesar de tener solo 12 años recién cumplidos, había aprendido que correr en ocasiones es la mejor salida para dejar de sentir , huir de los problemas despistándolos en cualquier esquina, agotándolos por extremo cansancio. Él sabía correr y despistar ilusiones rotas, era un maestro en todo lo referente a esquivar el peligro que representa quedarse anclado en los recuerdos estériles. Un maestro de tan solo 12 años.

Pero Silvio, de tanto correr, había olvidado por completo lo que significaba la palabra “ilusión”, y cuando se levantaba por las mañanas buscaba debajo de la cama algo parecido a ella, pero debajo de su colchón solo había polvo y nidos de hormigas y cucarachas anquilosadas en las esquinas, donde la escoba nunca habitaba. Parajes desérticos eran sus esperanzas, y mil y una utopías habitaban en las cuencas de sus ojos tristes.

Silvio se levantó apoyando las dos extremidades inferiores, que eran como dos alambres abandonados en un desguace, en las frías baldosas amarillas, y acto seguido se puso de cuclillas agachando su cabecita para poder mirar debajo de la cama.Se quitó el flequillo de la cara de un soplo y observó antentamente. Las cucarachas seguían allí pero no había ni rastro de la ansiada ilusión. Irritado se puso la zamarra atravesando la puerta de la habitación y luego la que daba directamente a la calle desde la parte trasera del caserío.

Hacía mucho frío y empezó a tiritar y a correr todo lo rápido que le permitieron sus aún aletargadas piernecitas. Corrió y corrió hasta que el viejo caserío se convirtió en solo un puntito en el horizonte. Únicamente cuando sus pulmones le pidieron una tregua Silvio se paró y cayó postrado a los pies de un gran olivo. Detuvo su marcha y escuchó a su corazón que golpeaba las paredes violentamente. Entonces tan cansado estaba que cayó inmerso en un sueño del que nunca despertaría…………

1 comentario:

Rimes dijo...

¡Volviste!, es bueno tenerte de regreso, se te extrañaba.
Un abrazo,