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1/11/2009

Vacuo


Hoy he vuelto a soñar con ella otra vez.

Siempre se repite el mismo sueño. La misma librería, el mismo dependiente huraño, la señora que ojea los libros de cocina rápida, el estirado abogado en la sección de economía y las dos marujas que cotorrean esperpénticamente mientras gorrean sin rubor todas y cada una de las revistas del corazón.

Me llamó Tomás Carretero y ojeo el último best seller de Eduardo Mendoza, somera pero ávidamente recorro los párrafos a la espera de conseguir el milagro de convertirme en personaje de novela. De repente choco con una espalda familiar, con un perfume conocido, con un tacto trémolo. El libro cae de mis manos reafirmando mi torpeza y el sudor frío recorre mi cuello y se instala en mis axilas, provocando un tremebundo hedor ya olvidado.

Me giro lentamente mientras las gafas de pasta resbalan para instalarse definitivamente en la punta de mi nariz, provocando una imagen irrisoria, casi ridícula.
Luces un gorrito de lana colorado y cierta miopía acrecentada en los últimos años. Abrigo largo de cuero negro y jersey de cuello alto que estiliza tu figura. Unos tejanos gastados y botas altas y acabadas en punta redondean tu imagen fashion.

Siento que tu mirada se instala en la habitación de mi retina y se queda a dormir la siesta, eterna siesta. Ojos negros como puñales hieren otra vez mi maltrecha alma, con saña, alevosía, y casi nocturnidad.

“Eres tan jodidamente guapa cuando te miro de cerca”, exclamo sorprendido y espontáneo. Mi voz estremecida y balbuceante brota en forma de hilo casi imperceptible. Pero tu ya me entiendes, siempre me entendiste, hasta que me hiciste sentir culpable y doblaste mi corazón olvidándolo en el fondo del bolsillo de tu chaqueta.

Es entonces cuando toda mi vida junto a ti pasa en un relámpago y nos fundimos en un abrazo tan fuerte que noto como mis huesos crujen de alegría. Han pasado diez años y un remanso de pan me inunda y el tiempo se paraliza alrededor. Ya no escucho el cotorreo de las marujas y el antipático dependiente amargado desaparece de mi vista.

No hace falta decir mucho, solo lo imprescindible. Después tormenta de besos y espectáculo de fuegos artificiales en el cielo. Pasan horas que son minutos y mi estomago se vuelve montaña rusa sin principio ni final.

Y es así como todo vuelve a nacer una tarde de febrero lluviosa, cuando resurge la esperanza anquilosada en el baúl de los trastos viejos.



RING RING RING RING RING

Por eso cuando el maldito despertador me devuelve a la más cruda de las realidades el vacío empapa mis rincones, todos y cada uno de ellos, hasta inundarlos de desazón. Lo tuve tan cerca y lo perdí otra vez……….por tu culpa, maldito despertador, por tu culpa.

Te odio. Te odio casi tanto como a ella.

1 comentario:

materials dijo...

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