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4/22/2007

EXODO





Tengo los bolsillos vacíos, agujereados por las termitas del alma. Sólo me queda este billete de metro hacia algún lugar, aquel lugar donde consiga temblar de nuevo al recordarte, querida madre.
Deambulo por el arcén y sorteando lamentos de indigentes me encuentro con el espejo, postrado al final de la línea. Me miro y me reconozco hueco, traslúcido. Amanece dentro de él. Existe un arco iris mágico que se funde en un abrazo con el sol. Siento sus rayos en mi piel, potentes y tranquilizadores. Pongo la mano en el vidrio que al instante noto caliente. Instintivamente la retiro y grito furioso. De repente un brazo amigo surge de dentro y me agarra por el pescuezo. Ahora ya estoy al otro lado del espejo, y el alivio me invade enterito. Las penas flojean y las piernas se fortalecen en este lugar, donde ahora sí me siento bien seguro.
Vuelo, ¡estoy volando! Doy vueltas y vueltas impulsado por la fuerza del aire que me ánima. Me paro a hablar con las nubes y me aposento sobre ellas. Aquí arriba se palpa la libertad a golpe de viento. No hay rejas ni barrotes, solo aquellos que mi mente inventa. Son mis limitaciones infinitesimales, como el número E.
Aprehendo mil colores y entre empellones huracanados me meriendo la vida por momentos, a cucharadas. Cierro los ojos y retengo en mi retina la imagen ansiada, aquella que perdurará en mi memoria para siempre. Extiendo los brazos que perpendiculares al vagón de cola se agitan vehementemente. Una gran descarga de adrenalina inyectada en sangre que me hace enloquecer de placer. Grito y mi campanilla vibra como nuca antes vibró. Una conmovedora retahíla de sonidos atronadores y enmudezco. Tras la tempestad la calma y tras el deseo el más reconfortante sosiego me inunda, hasta la pelvis y más allá. Al fondo una guitarra española con su rintintín acompaña mi caída. De palmero corazón te tengo a ti.
En esta parada siempre sube la yonkie de pelo alborotado y ojos tristes. Desde aquí arriba la observo. Consumida por los zarpazos de la vida su mirada es inocua, sin final como el túnel del tiempo en el que me sumerjo cuando te veo. Cuarenta quilos apenas, sostenidos por dos alambres temblorosos, ojeras pronunciadas y rostro enjuto. Chupada como una piruleta en la boca de un niño, débil como una esposa injustamente maltratada, como una puta sometida a su chulo. En su faz se adivinan resquicios de una belleza robada por los vestigios de un pasado digno. Hoy será distinto, porque sigues en el metro, pero el metro está dentro del espejo, y yo vuelo. Se hará lo que yo diga.
En mi bolsillo hallo pastillas, tres pastillas color azul cielo. Las lanzo hacia ti y en caída libre se convierten en grandes tesoros. La primera es el olvido. La segunda es una ilusión innombrable. La tercera un caramelo de menta. Te decides por esta última y sonríes indefinidamente con esa especie de mueca de muñeca apaleada. Las ilusiones no se comen, pequeña, ni el olvido es alimento de las almas peregrinas que deciden seguir un camino en círculo
Ahora estás flanqueando mi siniestra. Vuelas conmigo y también te invade el sosiego que antecede al calambre. Puede que estés muerta y aún no lo sepas, a lo peor yo también lo estoy.
Eres vieja y estás acunando enfermedad. Pero destilas energía, y tus mejillas están coloradas por el calor humano que se respira en un atardecer invernal, entre niños pastorcillos y vírgenes inmaculadas, te hace rejuvenecer. Ahora eres la niña de ayer. Agarras fuerte la mano de tu padre y sollozas por el ruido que emana de los raíles al paso del tren. Aprietas fuertemente el caramelo que yace en tu boca, y todo atisbo de lento saboreo se desvanece. Lo disgregas rápidamente y lo engulles en grandes trozos. Son como cristales de bohemia que se clavan en tu garganta y te parten en innumerables pedacitos de miedo. No tiene sentido llorar, pero lloras. Tampoco lo tiene la queja, pero te reencarnas en el más salvaje de los lamentos
Los fantasmas del pasado vuelven a aparecer desquiciantes. Te rodean y se ríen como hienas. Hasta que sientes reventar tus tímpanos tu vida es un infierno. Cierras los ojos tan fuerte que te pones colorada del esfuerzo. Las órbitas se desorbitan, y la nuez se torna rocosa y sollozante.
Acudo presto en tu ayuda y en picado me lanzo a levantarte del pavimento. Te abrazó cuidadosamente y empezamos el ascenso lento pero seguro. Tu rostro va tornando angelical y la pubertad y la adolescencia se suceden en pocos metros. Cuando el vagón apenas es una maqueta tu rostro se ha transformado en el de una mujer. Posteriormente la madurez y con ella las primeras arrugas, elegantes y sabias. Ahora el tren es miniatura, tu cara está sometida al encanto de las sinuosas rugosidades, y tu pelo blanco y rizado como el deshielo ondea perpetuo.
Me flanqueas a mi diestra. Te he soltado y has empezado a volar. Titubeante al principio como un bebé que da sus primeros pasos. Ya somos tres, y este viaje comienza a tener sentido.
Al alba siempre estas allí, en el segundo vagón. Te desprendes del bolso con dejadez y te postras cansada. Al otro lado de este espejo también te encuentro ajada, todo en ti es dolor. Tu pubis dolorido por el tejemaneje de la ingrata noche te recuerda que a tu edad es menester buscarse un empleo menos exigente. Pero, ¿que le vas a hacer sino sirves para nada? Eres un ave nocturna con un discurso manido. Las palabras se atascan en tu garganta y no quieren florecer. Tragas un mendrugo de pan y te las encuentras en el estómago. Muchas letras desordenadas que patean tus intestinos. Una A que no encuentra pareja de baile, una P solitaria y taciturna. Así hasta completar todo el abecedario Cuando llegues a casa las vomitarás.
Eres una puta de baja estirpe, y esa es tu condición. Tu padre se encargó de modelarte. Un ídolo de barro de tan baja calidad que se fundió rápidamente, y ahora todo el mundo lo pisotea. Nadie quiere construir nada con él, porque ahora el personal exige material de primera. Nada de baratijas.
Extraes de tu bolso ese pequeño espejo de tocador que utilizas todas las mañanas para recuperar tu dignidad robada. Se ha expandido el rimel como un cáncer por toda tu cara, has perdido un pendiente en algún empellón voraz, y las ojeras te llegan al vagón de cola. Tu redescubres otra vez muerta, cerrada por derribo. Bajas el telón de tus ojos para evadirte del mendigo que te observa sudoroso y maloliente mientras se manosea los genitales. Esta es la vida real, si quieres un cuento ya puedes ir buscando una lámpara maravillosa.
El final de trayecto te despierta. Eso y el vigilante que groseramente te recuerda que el billete de metro no da derecho a alquiler de habitación. Con los músculos aún dormidos y trastabillándote te apeas tropezando con los restos de autoestima que están esparcidos por el andén. Caes al suelo y notas como se resquebraja el espejo de tocador por el fuerte impacto que se produce. Un saco de huesos mezclado con multitud de cristales ínfimos es todo lo que queda de ti cuando el sol empieza a despuntar. Reflejada en cada uno de los trozos me observas, estoy entre el arco iris y la nube más espesa con forma de elefante. Te hago un gesto con la mano animándote a entrar. No tienes nada que perder y accedes a mi sueño como un torero sale de la plaza tras su mejor faena; por la puerta grande.
Ahora proteges mi retaguardia y más que una puta pareces una santa. Ya somos cuatro los jinetes del Apocalipsis, y este viaje se aproxima decidida e irremediablemente a su final.
Un lunes siempre será un lunes y pagaría por no tener que ver la geta del taquillero uniformado que me desprecia sin mirarme siquiera a los ojos. Pero es empresa imposible evitar lo inevitable, así que como es menester y con toda la educación que el mundo y mi madre me han inculcado me dirijo a su persona.
- Quisiera una T-Mes por favor.
- …………….. ( me arroja la T-10 como si me estuviera haciendo el favor de mi vida)
- …………… ( lanzo las monedas con el mismo desprecio que recibo por su parte)
- ……………( me facilita el cambio y vuelve a sus ocupaciones básicas)
- Muy amable, que tenga usted un buen día. ( Que utilizando la ironía es la equivalencia al peor de los deseos para el resto de su vida y las próximas quince reencarnaciones )

Introduzco la tarjeta en el aceptador y sonámbulo desciendo las escaleras que me conducen al andén que conozco palmo a palmo. Las mismas caras de siempre, dormidas y aletargadas me rodean curiosas. Maldigo esta rutina una y otra vez y el calor que se acumula en este subterráneo me confunde de tal manera que comienzo a ver putas, viejas y yonkies ajadas que se me acercan con intenciones funestas. Busco un arco iris que me salve de este ataque masivo y vislumbro el espejo al final del andén. Comienzo a correr atraído por la luz que desprende, deshaciéndome a empujones y manotazos de todo ser vivo que se interpone en mi camino. Corro y corro cada vez con mayor ímpetu y a más velocidad. Sin posibilidad de freno ni deseo de aminorar me aproximo al espejo donde me espera un gran arco iris flanqueado por enormes nubes blancas con forma de elefante.
Salto ferozmente sobre el espejo y noto una gran sensación de alivio en todos mis órganos que descansan después del sobreesfuerzo.
Ahí esta la puta, también la señora vieja y la ajada yonkie. Me flanquean en este vuelo sin rumbo ni dirección. Puro placer de los sentidos. Nos paramos y jugamos con las nubes al escondite. Contamos historias y nos reímos ajenos al mundanal ruido que acontece ahí abajo.
Mientras tanto mi madre llora desconsoladamente en el momento del levantamiento de cadáver. El espejo ha quedado totalmente destrozado y reducido a su mínima expresión. Mi padre se abraza a mi hermana que no cesa de gritar ni de dar patadas a la papelera colindante. Veo la impotencia y la rabia desde aquí arriba, pero ni siquiera eso logra perturbarme. Escucho a mi madre que no deja de insistir en lo de la jodida medicación. Que buena es.
No tengo novia pero está allí. Tampoco amigos pero también han asistido. El funeral es triste pero yo estoy contento. Mi cuerpo frío pero mi sangre caliente. Noto que todo son contradicciones y me pregunto cual es la verdad.
¿Quién es el muerto y quién el vivo?

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