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2/03/2007

Que tengas dulces sueños.


Saturnino se dormía en todos los sitios y circunstancias habidas y por haber. En el metro, en las entrevistas de trabajo, en las reuniones de vecinos, en las citas amorosas, en las cenas románticas y mirando las obras del nuevo ambulatorio. El medico le dijo que padecía narcolepsia, que no tenía remedio ni antídoto posible y que lo mejor que podía hacer era empezar a asumirlo.
A Saturnino le había dejado plantado su novia en el altar el día de su boda, mientras el roncaba plácidamente el cura disertaba y los invitados reían incontinentemente. Ofelia, ofendidísima, le arrojó el ramo a la cara y entre lágrimas saladas y hartamente disgustada abandonó la iglesia bajo la atenta mirada de su padre, que orgulloso la aplaudía con fiereza por tan valerosa iniciativa.
Y así fue como pasó su vida Saturnino., sin nada que ofrecer a sus semejantes más que una cabezada tras otra, hasta que como todo lo que tiene que terminar también la vida se le escapó de las manos. Fue una fría tarde de febrero, los perros aullaban presagiando una desgracia y Saturnino esperaba el autobús para volver de su recién estrenado trabajo de sexador de pollos, cuando le invadió un insufrible sopor, y así mismo, en posición vertical y pasando del infierno acústico de la ciudad, cayó en la que iba a ser su última cabezadita. Un trailer que transportaba pienso animal dio buena cuenta del pobre Satur, que ahora está soñando en otros paisajes, un sueño preciado eternamente que el se empeñó en adelantar sobremanera.
Y en su féretro hizo inscribir un epitafio donde rezara lo siguiente:

“POR SI NO ME DESPIERTO QUE SEPAN QUE ME HE DEJADO EL GAS ABIERTO"

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