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1/28/2006

Temporal


Tardabas en llegar y hacia frío. La caldera estaba estropeada y con este temporal ningún técnico se aventuraba a venir hasta aquí. Decidí preparar dos infusiones bien calientes, para cuando regresaras con la piel enrojecida y dura. Tuve tu imagen congelada en mi retina durante breves segundos. Los suficientes para verte y calentar mi alma inquieta. Eras imagen en el portal, asiendo la llave con tu temblorosa mano. Yo, presto a abrirte, impaciente por abrazarte y ayudarte con caseros métodos a que entraras rápidamente en calor El tilín del microondas rompió la magia inmediata de un pensamiento frágil, disoluble. Con una breve mirada al reloj de pared observé que éste marcaba las nueve y media de la noche. Me extrañé de tu tardanza y marqué otra vez el número, aquel que tenía aprehendido entre pecho y espalda. De nuevo se repetía, insoportable, la voz de esa maldita grabación. “El teléfono al que llama está fuera de cobertura, inténtelo de nuevo, más tarde”.
¿Más tarde?- me pregunté iracundo-. ¡Que sabrás tu cuan tarde es!
Dejé tu té en el microondas, para que conservara el calor, y estreché el mío entre mis coaguladas manos. Deseaba que a tu llegada todo fuera perfecto. Que unas manos frías no echaran al traste una labor meticulosamente planeada era muy importante. Había que cuidar los pequeños detalles, y yo me había convertido en un especialista en esos menesteres.
Sentí un bienestar aposentado en mi vientre, una sucesión de sensaciones placenteras que se repetían perpetuas mientras el té transitaba furioso por mi laringe deslizándose rápidamente por el esófago, serpenteando curioso y delicado por mis entrañas, hasta aposentarse allí donde más falta hace cuando nos abraza el crudo invierno.
Regresé al comedor y me quedé de nuevo absorto ante la foto de bodas, aquella en la que tus mejillas radiaban una instantánea felicidad. Un flash de Polaroid. Quizá fueron minutos, quizás horas las que pase allí delante. Habían pasado ya nueve meses y nuestro bienestar, amamantado a pellizcos de pasión, no había hecho más que crecer como una cría de cervatillo protegida por el calor del pecho de una madre. Me sacó de este letargo el viejo reloj de cuco regalo de tus padres- aquel que había sobrevivido generación tras generación-. Las once. No era normal tu tardanza, aunque pensé que quizás habrías pasado por casa de tu hermana Irene, que prometió dejarte la manta eléctrica. Si, debía ser eso. Recuerdo que la pasada noche te agarraste tan fuerte a mi. Tiritabas. Este jodido invierno va a acabar con tu salud -pensé antes de acunarte entre mis brazos-
Me tumbé en el sofá, protegido por la vieja manta a cuadros de poliester que adquirimos en el mercadillo local, tras una larga deliberación que desembocó en absurda disputa. Me acurruqué y conecté la televisión con el fin de despejar mi mente de cualquier pensamiento dañino. El parte reflejaba los efectos del temporal. Imágenes de manzanas enteras sin suministro eléctrico, coches volcados por el viento huracanado, y algún que otro desaparecido se paseaban por mis pupilas con total impunidad.
Noté los que los parpados me vencían poco a poco, como el cuidadoso trabajo de una termita, y con tu imagen clavada en mi retina lentamente deje que el sueño se apoderará de mi. Tranquilo y confiado Morfeo me retuvo durante unos minutos que pudieron ser horas. Tal vez días
Todavía tocaba tu rostro cuando me despertó el teléfono. Un amasijo de hierros en la cuneta, los restos de una manta eléctrica y una bolsa de caramelos de eucaliptos - aquellos que sabías que me chiflaban-, han sido la herencia que has dejado anquilosada en mi alma.

Han pasado seis meses desde la noche en que me abandonaste. El té sigue en el microondas, y todavía se aprecian tus curvas en la cama. En nuestra foto de bodas ya no estas. Rompí tu mitad y ahora habitas en la chimenea. Es una forma diferente de darme calor. De aportar un relámpago de cordura a esta sinrazón diaria que me aturde. Quizás así consiga prorrogar esta agonía que me abraza en invierno y me abanica cuando llega la primavera. Sobrevivir a tu ausencia será mi objetivo principal en los próximos cuarenta o cincuenta años. Eso y quizás también esquivar tu guadaña, mujer nacida del frío.

2 comentarios:

Anuska dijo...

Reconozco que me da palo empezar a leer largos artículos, pero hoy me he estrenado en tu rinconcito y...lejos de aburrirme, me ha impactado. Me ha gustado mucho Xaves, tanto que ahora me parece el relato muy corto! Felicidades artísta!

Naúfragos dijo...

merci guapa. tu si q eres una artista!!