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3/20/2005

Kilómetro Cero

Hoy sale la foto de Josué en el periódico local. Dice que lo encontró un labriego mientras faenaba la tierra. Entre azadas de devoción allí apareció él, perdido y desorientado como una alergia sin mes de abril. No se conoce su procedencia y sólo repite constantemente un nombre, Josué. Se ha perdido en un mundo de estrellitas fugaces y eclipses de sol, se ha olvidado de olvidar que el final del camino siempre está cercenado. Con la respiración entrecortada y las piernas temblorosas se plantó delante del fornido campesino y sus labios destrozados por el frío cortante de un invierno castigador solamente escupieron ese nombre: JOSUÉ
Érase que era que Josué comenzó a caminar un día cualquiera de un mes sinsentido en un sitio aproximadamente igual al que todos conocemos. Y fuera que comenzando a andar también empezó a olvidar todos sus recuerdos, datos superfluos y prescindibles que poblaban su mente. Al salir del barrio testigo de su infancia las calles dejaron de tener nombre, también los bares, las tiendas de deporte, restaurantes, la biblioteca, las peluquerías y los kioscos de prensa. Todo era desconocido para él y la gente que acompañó sus días de gloria ahora solo eran sombras pululantes que se amontonaban alrededor suyo. Bultos sospechosos.
Después fueron los recuerdos más próximos los que emigraron de su cabecita. Mientras caminaba por la vieja comarcal maltrecha por el infinito pisar de ruedas de pesados camiones olvidó lo que su madre le había preparado para comer, la universidad donde aprendió que la vida no se escribe en los libros, los trabajos burdos donde le golpeó la realidad mas cruel, y también olvidándose de su edad y circunstancias, fue incapaz de distinguir el mal del bien, lo productivo de lo estéril.
Y pasaron muchas lunas que crecieron y menguaron, cientos de soles abrasadores o de tenue avivar, furiosa lluvia que empapó sus párpados y vientos azotadores que curtieron su piel y despejaron su mente. También subió montañas para después bajarlas, bordeó ríos de colores en cuyo regazo se postró agotado intentando recordar el motivo de esté porque sin pregunta previa, destrozando sus zapatos y amanerando su alma. Fue entonces, en ese preciso momento, cuando olvidó el nombre de su madre, los rostros de los amigos, olvidó a sus hermanos y también el color de pelo de sus desafortunados amores. Aún poseía, no obstante, el suave sabor de sus besos aprehendido en el paladar, entre la punta de la lengua y el final del esófago. Allí aposentados cómodamente esperaban su final, desgastándose como una chocolatina en la boca de un niño.
Pero estos también acabaron desapareciendo, sus besos, y también los abrazos estremecedores que alumbraron tiempo ha negras noches de desilusión, ahuecando de su espíritu y desertando de empresas mayores y promesas yermas.
Y ayer vi la foto de Josué en el periódico local. Decía que lo encontró un labriego mientras faenaba la tierra. Era como una tabla lisa, un diamante aún por pulir. Recorté la foto y la guarde entre mi cartera y el corazón. Aprendí entonces, súbitamente, que siempre quedan retazos por olvidar, momentos que nos acompañarán eternamente por mucho que caminemos, por muchas suelas de zapato que gastemos. Y calculé los kilómetros que hay que recorrer para perder la cordura, para conocer al labriego y fecundar la tierra que nos mece. Calculé el precio del valor gastado y el de la condena que nos acompaña eternamente. Quizás no compense, quizás no.
ECHM

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