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10/16/2005

12 de Junio

también lo has visto, ¿verdad?
Nerea asintió con la cabeza en un gesto tan delicado como condescendiente. Sus ojos se encontraron con dulzura y sus labios sellaron un pacto de silencio que hoy en día, después de veinte años, aún continúa vigente.
Esa noche se amaron, y no fue un amor como otros amores, de los que se cobijan en el desconsuelo y en la amargura. Allí arriba, donde habitan las orquídeas, fueron cómplices de un deseo nuevo que se repetiría durante mucho tiempo, madrugada tras madrugada, hasta que, como un ladrón de sueños, les sorprendería el alba.
Ander era un chico listo, o al menos eso le decía su madre, no había estudiado más que el graduado escolar, pero era un chico listo. Su espigada figura y su nariz puntiaguda, amén de la graciosa perilla pelirroja que lucía, le daban un aspecto desaliñado pero tierno. Su padre Tirso, trabajador incansable, murió cinco años atrás en un desprendimiento producido por causas naturales en las minas de Zarautz, motivo por el cual su incansable madre había tenido que sacar adelante a tres retoños enquistados en una eterna adolescencia.
Nerea tenía 25 años y un encanto natural. Sus ojos color miel destilaban dulzura y sus pausas antes de realizar cualquier comentario causaban algo de impaciencia en Ander. Ander trabajaba en una granja y repartía la mercancía a domicilio, únicamente con la ayuda de su vieja bicicleta Orbea, compañera de desdichas y de alguna que otra alegría.
Así que la culpa del amor de Ander y Nerea lo tienen una docena de huevos de gallina, la vieja Orbea, y una oportuna intervención del azar. Porque hay personas a las que el destino las une y hay otras que prefieren provocarlo. Nerea y Ander son el destino personificado.
En el Monte de Santa Tecla todas las noches se producía el milagro de la resurrección del amor, pero nunca más volvieron a ver lo que vieron la noche del 12 de junio, la historia jamás contada hasta hoy, día en que la locura se ha desatado en el corazón de Ander.
Ander madrugó aquella mañana, la del 12 de junio, tenía que llevar a su madre al médico, ya que hacía tiempo que las malditas migrañas no le dejaban dormir, y se habían convertido en un ocupa de su cabecita. La vieja Orbea chirriaba protestando por su injusta misión, las bicicletas también se tornan cascarrabias con el paso de los años,- pensó Ander esbozando una sonrisa- Finalmente llegaron al dispensario, ubicado en las afueras del pueblo y aparcaron la bicicleta amarrándola a un arbolito.
El doctor Garitano era un hombre de mediana edad, facciones agradables, y carácter dócil. Ander lo comparaba con uno de esos perros pequeñitos y gruñones que se cobijan en las faldas de la dueña después de ladrar. El doctor Garitano fumaba con boquilla, se reencontró con el vicio el día que halló en la mesita de noche una nota de su mujer diciendo que se largaba por aburrimiento. Desde aquel día en su corazón habitaba el cartel de cerrado por derribo.
Las migrañas nunca desaparecieron, pese a las mil y una recetas que ordenó el Doctor Garitano para acabar con ellas. La desgracia disfrazada de tumor cerebral se llevaría a la señora madre de Ander dos años y cinco meses después. Posiblemente los tiempos de penurias pasaron tremenda factura en su salubridad, Ander creía fehacientemente que su padre se la había llevado con el, a algún lugar mejor donde todas las noches compartirían cena con velitas para dos.
Ander trabajaba duro, de sol a sol, lo que exigieran las circunstancias, ya que como el mismo reconocía, no se podía tener a la clientela insatisfecha en los días que corrían. Los dueños de la granja eran un matrimonio, ya mayor, oriundo de Buenos Aires, que huyeron de la guerra y de la miseria escondidos en un buque de carga una fría madrugada de enero del cincuenta y seis. Eran buena gente, solía decir Ander a Nerea, mientras ella asentía. Nerea siempre asentía.
Ander dejó para el final el encargo más pesado. La señora Pascual siempre pedía víveres en cantidades industriales, como si adivinará el estallido de una guerra de forma inminente. Ella alegaba que mujer precavida valía por dos, a lo cual Ander respondía satisfactoriamente, ofreciéndola la mejor de sus sonrisas. La señora Pascual vivía en un tercero del barrio más humilde de Donostia, y ello exigía un desplazamiento largo y duro. Al llegar la señora Pascual siempre ofrecía a Ander un vaso de leche y un trozo de pastel delicioso, elaborado por ella. Siempre se lo recordaba, y la verdad es que a Ander no le sabía mal que lo hiciese, sabía reconocer cuando alguien estaba orgulloso de una buena faena. Y la señora Pascual lo estaba.
Cuando Ander partió ya empezaba a anochecer y encendió la tenue luz de su Orbea, mientas despacito emprendía el camino de vuelta a la aldea. En su cabeza la imagen de Nerea aparecería pronto, y el saber que ella le estaba esperando allí, en la cima del Monte de Santa Tecla le haría sacar fuerzas de flaqueza. Hoy, 12 de junio, cumpleaños de Nerea y aniversario de la muerte de su padre. El destino en ocasiones es demasiado cruel, pensó mientras empezaba a pedalear a más celeridad.
Al llegar a la cima Nerea ya estaba allí esperándole. Extrajo un pañuelo para secarle el sudor y le dio un beso que sonó como un trueno en el desierto. A Ander le fascinaba el sabor del néctar que emanaba de su boca, cerraba sus ojos y era capaz de pasarse allí minutos y minutos, buceando entre su carne y devorando su saliva libidinosamente. Cuando acabó el protocolo cotidiano se dirigieron al rinconcito habilitado para su regocijo, donde renombraban estrellas e reinventaban constelaciones a la espera de que el milagro del amor se reencarnara entre sus pechos.
¿Quién puede reinventar el amor cada noche, resucitar estrellas, olvidar al olvido, disimular los dolores y enterrar los pesares? Ander y Nerea, Nerea y Ander.
Tú también lo has visto, ¿verdad?
Nerea asintió con la cabeza en un gesto tan delicado como condescendiente. Sus ojos se encontraron con dulzura y sus labios sellaron un pacto de silencio que hoy en día, después de veinte años, se ha roto como un jarrón de bohemia.
Ander esta en el Monte de Santa Tecla, sentado veinte años después pero Nerea ya no está allí, esperándola con su pañuelo rosa de seda y su boca empapada de deseo.

“Y ese que era nuestro secreto, lo que vimos un doce de junio y pactamos con un beso que nunca debía revelarse, ahora tu lo has traicionado dejándome a la deriva. Nerea, lo has hecho y ahora estás muerta. Tirso y mamá se te han llevado
Ahora eres una estrella más, estás entre Tirso y mamá. Yo pronto seré la estrella que os ilumine a todos. Ahora que tildan mi deseo de locura, que embrutecen mis palabras y difaman mis acciones, todos sabrán la verdad de lo que vimos el doce de junio de 1977. Quizás sea ya demasiado tarde para todo, quizás, mas no existe valentía más sufrida que la de romper el silencio con una gran bocanada de libertad. Eso es lo que has hecho Nerea y eso es lo que voy a hacer yo, jugármela a doble o nada Tengo la cámara preparada y cinta para rato. Aquí, esperando a que aparezcas de una vez, maldito Demonio de la noche y sellemos un nuevo pacto. De momento tengo tabaco y provisiones para rato. No hay prisa Belcebú, después de veinte años ya no la hay”

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